Santa Juana de Arco, una sencilla joven de Domrémy, escuchó la voz de Dios que la llamaba a una misión imposible: salvar a Francia. Valiente y pura, respondió a esta llamada divina con una fe inquebrantable.
Guerrera por obediencia más que por gusto al combate, condujo a los ejércitos franceses a la victoria antes de ser traicionada, juzgada y quemada viva a la edad de diecinueve años. Su corazón permaneció unido a Dios hasta su último aliento. Hoy sigue siendo el símbolo del valor, la fidelidad y la fe frente a la injusticia.
Santa Juana de Arco, tú que fuiste elegida por el Cielo para cumplir una misión más grande que tú misma, enséñame a escuchar la voz de Dios en el fondo de mi corazón. Dame tu valor ante las pruebas, tu fuerza en las luchas interiores y tu confianza absoluta en la voluntad de Dios.
Ayúdame a permanecer fiel a mi conciencia, incluso cuando el mundo me rechace. Consígueme la gracia de avanzar sin miedo por el camino que Dios me traza, aunque pase por el fuego. Tú que nunca has rehuido el sacrificio, hazme fuerte en la fe y humilde en la victoria.
Santa Juana, virgen y mártir, enséñame a amar a Dios por encima de todo, a defender la verdad sin odio y a servir a los demás con un corazón puro. Que tu ejemplo me inspire a actuar con rectitud y a mantener la cabeza alta cuando las pruebas me aplasten.
Tú que supiste unir la oración a la acción, enséñame a vivir mi fe no con miedo, sino con audacia. Que sea testigo de luz en la oscuridad, pacificador en medio de la batalla. Obtén para mí la perseverancia en el bien, incluso cuando todo parezca perdido.
O Santa Juana de Arco, heroína de Dios y protectora de Francia, ruega para que yo pueda ser, a tu imagen, una fiel servidora del Señor. Que encuentre en tu intercesión la llama que reaviva la esperanza y la fuerza para caminar en la verdad, hasta la victoria eterna del amor.
Amén.