Un caballero herido en su orgullo
Ignacio de Loyola nació en 1491 en el seno de una familia noble del País Vasco español. Inicialmente caballero de la corte, soñaba con la gloria, las batallas y las hazañas. Pero en 1521, durante el sitio de Pamplona, fue gravemente herido en una pierna por una bala de cañón. Postrado en cama durante varios meses, no sólo sufrió dolores físicos, sino también un profundo replanteamiento interior.
Para pasar el tiempo, Ignacio pedía novelas de caballería. Pero en su defecto, le dan a leer la Vida de Cristo y Vidas de Santos. Poco a poco, se produce una transformación: descubre otra forma de heroísmo el de los santos y comprende que la verdadera batalla se libra en el alma, no en el campo de batalla. Decide entonces convertirse, renunciar a la vanidad del mundo y seguir a Cristo.
El peregrino de Dios
Sanado, Ignacio lo dejó todo para llevar una vida de penitencia. Se retiró a una cueva en Manrèse, cerca de Montserrat, donde tuvo una intensa experiencia espiritual. Allí recibió muchas intuiciones interiores y comenzó a escribir los Ejercicios Espirituales, un itinerario de oración, meditación y discernimiento que se convertiría en un tesoro para la Iglesia.
A partir de ahí comenzó un largo viaje: Ignacio se convirtió en peregrino, sin fortuna ni un plan establecido, yendo de pueblo en pueblo, mendigando, estudiando, rezando. Poco a poco, se da cuenta de que Dios le llama a servir no solo, sino con los demás.
Fundador de la Compañía de Jesús
Ignacio reanuda sus estudios en París, a pesar de su edad y de su pobreza. Allí entabla amistad con un pequeño grupo de fervorosos estudiantes: François Xavier, Pierre Favre y otros. Juntos, se consagran a Dios haciendo votos de pobreza, castidad y obediencia. En 1540, el Papa Pablo III aprobó su fundación: la Compañía de Jesús, más conocida como los jesuitas.
Ignacio se convirtió en su superior general. Organizó la misión de sus compañeros con notable rigor. Los jesuitas se embarcaron en la educación, las misiones lejanas, la ayuda a los pobres y el asesoramiento a los reyes. Su lema: "Ad majorem Dei gloriam".
Ignacio fundó colegios, escribió cartas y guió a sus hermanos con una sabiduría práctica y espiritual poco común. Murió en Roma en 1556, dejando una orden dinámica que desempeñaría un inmenso papel en la historia de la Iglesia moderna.
El maestro del discernimiento
San Ignacio nos enseña el arte de discernir los movimientos del alma, de elegir según el Espíritu, de liberarnos de apegos desordenados para hacernos totalmente disponibles a la voluntad de Dios. Sus Ejercicios Espirituales se siguen utilizando en los retiros y en la dirección espiritual.
También es un maestro del realismo espiritual: "Reza como si todo dependiera de Dios, pero actúa como si todo dependiera de ti". Esta fructífera tensión entre contemplación y acción resume el espíritu ignaciano.
Canonizado en 1622, Ignacio es el patrón de los retiros espirituales y de los directores de conciencia.
Oración a San Ignacio de Loyola
San Ignacio de Loyola,
tú que lo dejaste todo para seguir a Cristo,
danos un corazón libre, generoso y disponible.
Enseñanos a discernir lo que nos lleva a Dios,
y a rechazar lo que nos aleja de su amor.
Tú que has guiado a tantas almas a la luz del Espíritu,
sé nuestro compañero en las elecciones importantes,
nuestro apoyo en las vacilaciones,
y nuestro maestro en la oración y en la acción.
Inspira a educadores, misioneros, estudiantes
al celo, al rigor y a la alegría del servicio.
San Ignacio, soldado de Dios, peregrino de Cristo,
fundador para gloria del Padre,
reza por nosotros.
Amén.