Nuestra Señora del Paraíso es la imagen de la Madre que nos precede en la gloria del Cielo, llena de dulzura y de luz. Ella nos recuerda que la vida no termina aquí en la tierra, sino que se cumple en la paz eterna de Dios. Rezar a la Virgen del Paraíso significa volver la mirada hacia la promesa del Cielo, confiar nuestras penas a Ella, que nos conduce hasta allí, y pedir la gracia de mantener la fe, incluso en medio de las pruebas.
La Virgen del Paraíso es la imagen de la Madre que nos precede en la gloria del Cielo, llena de dulzura y de luz.
O Santísima Virgen María, Nuestra Señora del Paraíso, Reina de la paz y de la gloria eterna, vengo a ti con confianza. Tú eres la Madre del consuelo, la luz de las almas en pena, la esperanza de los que caminan en la noche. Mírame con ternura y envía sobre mi corazón un rayo de tu luz celestial.
OH Madre del Cielo, que reinas con el Señor, escucha mi oración e intercede por mí. Te confío mi vida, mis luchas, mis heridas y mis deseos. Consígueme la fuerza para caminar cada día por la senda del bien, incluso cuando el camino sea duro. Concédeme mantener la mirada fija en el Paraíso, donde tu Hijo nos prepara un lugar.
Nuestra Señora del Paraíso, refugio de las almas afligidas, extiende tu manto sobre los que lloran, sobre los que dudan, sobre los que han perdido la fe. Consuela los corazones heridos, ilumina las almas en pena, y haz brillar en nuestras tinieblas la promesa de la vida eterna.
Oh Virgen del Paraíso, fomenta en mí el deseo de Dios, el gusto por la oración y la alegría de la esperanza. Enséñame a amar como tu Hijo, a perdonar como Él, a vivir en paz y caridad. Ayúdame a no turbarme por las pruebas de la tierra, sino a avanzar confiado y abandonado en la divina Providencia.
Santa María, Nuestra Señora del Paraíso, guía mis pasos hacia el Cielo. Que tu mirada benévola me acompañe todos los días de mi vida, hasta la hora en que, liberado de todo temor, pueda contemplar tu rostro y el de tu Hijo a la luz del Reino eterno.
O dulce Madre, a ti me encomiendo. Toma mi mano, levántame y condúceme por el camino de la verdadera paz. Que tu amor me mantenga fiel a Dios, hasta entrar en el Paraíso que quieres para todos tus hijos.
Amén.