Una filiación espiritual y pastoral
En sus primeros discursos, León XIV no dejó de rendir homenaje a su predecesor, el papa Francisco, a quien calificó de "padre en la fe" y "modelo de pastor universal". Su relación no es meramente ceremonial: revela una auténtica continuidad espiritual, enraizada en una misma visión de la Iglesia, volcada hacia las periferias, la misericordia, la sencillez de vida y la escucha del Espíritu.
El papa Francisco ha marcado la historia contemporánea de la Iglesia por su voluntad de desacralizar el oficio pontificio, de abrir la Iglesia a los heridos de la vida y de volver a situar a los pobres en el centro del mensaje evangélico. León XIV, aunque tiene su propio estilo, retoma este aliento: no busca romper con el pasado, sino profundizarlo, ampliarlo, hacerlo fructificar.
Gestos que recuerdan a su predecesor
Desde los primeros días, varias de las decisiones de León XIV se consideraron ecos directos del pontificado de Francisco. Mantuvo su residencia en la Maison Sainte-Marthe, negándose a ocupar el tradicional apartamento papal. Se aseguró de que su primera visita oficial fuera a un hospital suburbano, para ver a los pacientes al final de sus vidas. Y, como Francisco en 2013, pasó un largo momento en silencio en la plaza de San Pedro, pidiendo a la gente que rezara por él antes de dar la bendición apostólica.
Pero más que los gestos, es la actitud interior lo que acerca a los dos pontífices: el rechazo al clericalismo, el deseo de reforma interior, el énfasis en la sinodalidad como forma de existir juntos en la Iglesia.
Una teología de la cercanía
François revivió una Iglesia que "sale", que no se encierra en sí misma, sino que sale al encuentro del mundo con compasión. León XIV siguió la misma lógica: para él, el corazón de la pastoral es la cercanía. Cercanía con los excluidos, con los jóvenes, con las familias heridas, pero también con los sacerdotes, los obispos, las personas en duda.
Al igual que su predecesor, insiste en la necesidad de una Iglesia hospitalaria, que no juzga antes de acoger, que cuida antes de enseñar. Retoma la imagen de la Iglesia como hospital de campaña, pero la enriquece con la espiritualidad agustiniana: no sólo curar las heridas visibles, sino también sanar el corazón por la gracia.
Un estilo de gobierno humilde y descentralizado
El Papa Francisco ha iniciado una reforma de la Curia y del gobierno de la Iglesia que no está completa. León XIV la está heredando con prudencia pero con convicción. En sus primeras semanas, nombra colaboradores de distintos continentes y aumenta el número de laicos y laicas en los consejos de decisión. Como Francisco, delega de buen grado, consulta largamente y no teme el debate interno. No quiso imponer una visión, sino conducir juntos al pueblo de Dios, teniendo en cuenta la diversidad cultural y eclesial.
Nuances en la continuidad
A pesar de esta gran cercanía a Francisco, León XIV no se contentó con copiar. Añadió su propio tono, más meditativo, más contemplativo, a veces más teológico. Su herencia agustiniana le llevó a poner mayor énfasis en la interioridad, la conversión del corazón y la profundidad de la gracia. Donde Francisco insiste en la acción pastoral y en la conversión de las estructuras, León XIV pone el acento en la renovación espiritual de cada individuo.
Habla un poco menos, pero sus silencios están habitados. Escribe más, con un lenguaje sobrio y denso. Parece querer anclar a largo plazo lo que Francisco ha comenzado, dando una forma estable y espiritualmente profunda a una Iglesia renovada.
Una Iglesia en marcha, siempre guiada por el Evangelio
Caminando tras las huellas del Papa Francisco, León XIV no mira hacia atrás, sino hacia delante. No repite, amplía. No reproduce, crece. Recoge las intuiciones proféticas de Francisco -fraternidad universal, atención a los pobres, reforma sinodal- y las lleva adelante con su propia voz, en un mundo cada vez más incierto.
Y si sigue las huellas de su predecesor, es porque tienen el mismo guía: Cristo, pobre, humilde, misericordioso, que invita a la Iglesia a ser el reflejo de su rostro y el lugar de su amor.
Por eso, León XIV no mira hacia atrás, sino hacia delante.