Virgen purísima, Madre del Carmelo,
has mirado a tu pueblo con ternura
y has revestido a los tuyos con tu escapulario,
signo de tu amor y fidelidad.
Tú que eres nuestra Madre y nuestra Reina,
enséñanos a orar en silencio,
a escuchar la Palabra de Dios,
y a entregarnos por entero a su voluntad.
En las pruebas, cúbrenos con tu manto.
En las dudas, ilumina nuestro camino.
En la noche, sé nuestra estrella.
Y en la hora de nuestra muerte,
recíbenos como hijos tuyos.
Nuestra Señora del Carmen,
ruega por nosotros y condúcenos a Jesús.
Amén.