Señor Jesucristo,
en este día de la Ascensión,
alzamos los ojos al Cielo con confianza y esperanza.
Subes al Padre en gloria,
pero no nos abandonas.
Tu amor permanece con nosotros cada día,
tanto en nuestras alegrías como en nuestras pruebas,
tanto en nuestras luchas como en nuestras esperanzas.
Gracias, Señor, por Tu fiel presencia.
Gracias por Tu Cruz que nos salva,
por Tu Resurrección que nos da la vida,
y por esta maravillosa promesa:
«Estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo».
Hoy, nuestro corazón desea seguirte.
Eleva nuestra alma hacia las realidades del Cielo.
Despréndenos de todo lo que nos aleja de Ti.
Enséñanos a vivir en la paz,
en la fe, en la caridad y en la humildad.
Cuando nos invada la duda, fortalécenos.
Cuando caigamos, levántanos.
Cuando nuestro corazón esté cansado, ven a consolarnos.
Señor Jesús,
Tú que estás sentado a la derecha del Padre,
intercede por nosotros.
Mira a todas las familias,
a las personas enfermas, aisladas o desanimadas.
Mira a los que lloran,
a quienes buscan un sentido a su vida,
a quienes han perdido la esperanza.
Deposita en cada corazón Tu luz y Tu paz.
Envía al mundo Tu Espíritu Santo.
Que Él renueve nuestra fe,
que encienda nuestra oración,
que nos dé el valor de anunciar Tu amor a nuestro alrededor.
Haz de nosotros testigos de Tu Evangelio,
en nuestras palabras, en nuestros actos y en nuestra forma de amar.
Señor, también te confiamos nuestras intenciones más profundas.
Tú conoces nuestras heridas ocultas,
nuestras inquietudes por el futuro,
nuestros deseos de paz, de sanación y de conversión.
Te lo entregamos todo con confianza,
porque Tú eres el Dios vivo,
el Dios que escucha,
el Dios que actúa con poder y misericordia.
Enséñanos a mantener los ojos fijos en el Cielo,
sin olvidar nunca servir a nuestros hermanos en la tierra.
Danos un corazón lleno de bondad,
de paciencia y de compasión.
Que nuestra vida se convierta en un testimonio vivo de Tu presencia.
Oh Jesús, ascendido a la gloria,
prepáranos un lugar junto a Ti.
Llévanos algún día a la casa del Padre,
donde ya no habrá ni sufrimiento, ni lágrimas, ni noche,
sino solo la alegría eterna de contemplar Tu rostro.
Te alabamos, Señor Jesús,
Rey del Cielo y de la tierra.
A Ti la gloria, el honor y el poder
por los siglos de los siglos.
Amén.