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Viernes Santo: en el corazón de la cruz, el silencio de Dios

artículo publicado en 22/07/2025 en categoría: Oración
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Un silencio más fuerte que todos los discursos


El Viernes Santo es un día aparte. Un día en el que todo parece detenerse. La Iglesia no celebra misa. Las campanas callan. El altar está desnudo. El sagrario está vacío. Todo está desnudo, silencioso, serio. Y, sin embargo, en este silencio resuena el grito de amor más grande de toda la historia: el de Cristo que da su vida. Nada brilla, nada consuela, nada tranquiliza. Sólo hay un hombre, en una cruz, en lo alto de una colina abandonada, que lleva consigo todo el dolor del mundo. No huye. No maldice. Ama. Hasta el final. Hasta que no le queda nada más que dar que su vida.

Nada brilla, nada consuela, nada tranquiliza. Sólo hay un hombre, en una cruz, en lo alto de un lugar abandonado, que lleva consigo todo el dolor del mundo. No huye. No maldice. Ama. Hasta el final. Hasta que no le queda más que dar la vida.


El Cristo humillado: Dios rebajado al extremo


Ese día, Jesús es traicionado, juzgado apresuradamente, golpeado, escarnecido, clavado en un madero. Aquel a quien la multitud había aclamado unos días antes es ahora rechazado como un criminal. Pero no se defiende. No se rebela. Acepta, no por fatalismo, sino por amor.

El escándalo del Viernes Santo es este Dios que no se aleja de nuestro dolor, sino que lo asume. Que no domina el sufrimiento, sino que lo atraviesa. No mira el mal desde lejos: lo absorbe. No mira de lejos: nos mira a los ojos.

Este día nos dice que Dios nunca está tan cerca del hombre como cuando parece más lejano. En la noche, en el abandono, en el sufrimiento, Él está ahí. No quita el dolor, sino que viene a soportarlo con nosotros. Entra en él para no dejarnos solos.


Un amor desarmado, pero más fuerte que todo


Jesús no responde a la violencia con violencia. No grita su cólera. No se venga. Él ama. Reza por los que le golpean. Confía su madre al discípulo. Promete el paraíso a un criminal. Perdona. Ama.

Este silencio de Jesús en la cruz es más fuerte que todos los discursos. Revela un amor que no se impone, sino que se da. Un amor que llega hasta el final de la entrega. Un amor que no espera nada a cambio.

El Viernes Santo no es un fracaso. No es el final. Es la victoria de un amor que no se detiene ante nada. Un amor que entra hasta la muerte para romper sus cadenas desde dentro.


También nosotros, invitados a permanecer al pie de la cruz


Es fácil mirar hacia otro lado. La cruz no es bella. Da miedo. Inquieta. Pero en este día, se nos pide que permanezcamos allí. Que no huyamos. Que no intentemos comprender. Sólo mirar.

Permanecer al pie de la cruz es reconocer que no merecemos este amor, y que se nos da de todos modos. Es ver, en el crucificado, no a un hombre roto, sino a un Dios que ama hasta el silencio. Es callar en nuestro interior para escuchar las últimas palabras de un Salvador que lo da todo. Simplemente se nos pide que permanezcamos allí, en silencio, con el corazón abierto. Y dejar que ese amor nos transforme.


Un día que ya prepara la luz


Aunque todo parezca acabado, el Viernes Santo no es el final. Es el paso. El umbral. La tierra aún está oscura, pero el cielo empieza a temblar. La luz aún no es visible, pero está llegando. Lentamente. Discretamente. Fielmente.

Es en este día silencioso que la Resurrección se prepara. No para borrar la cruz, sino para cruzarla. No para hacernos olvidar el sufrimiento, sino para transfigurarlo.


Conclusión


El Viernes Santo es una llamada. A quedarse. A callar. A mirar. A amar. No es un día para comprender, sino para rendirse. Para reconocer que Dios no nos salva por la fuerza, sino por amor. Y que este amor, silencioso, humillado, crucificado, es más fuerte que cualquier cosa que nos encierre en el miedo, la vergüenza o la desesperación.

Por eso, aunque nuestras palabras se detengan, aunque nuestra fe flaquee, aunque nuestro corazón se apriete, quedémonos ahí. Sólo por un momento. Por un ratito. Y dejemos que este amor herido toque lo que hay de más frágil en nosotros. Porque de ahí brotará la vida.

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