La Madre silenciosa y fiel
Al pie de la Cruz, María está de pie. Presencia discreta pero esencial, acompaña a su Hijo hasta el final del camino del sufrimiento y de la entrega. En este momento de dolor extremo, no huye. Permanece allí, fiel y silenciosa, ofreciéndose en oblación de su corazón.
María experimenta la verdadera compasión, "sufre con". Une su dolor al de Jesús, convirtiéndose así en Madre de todos los creyentes. Su presencia en el Calvario es para nosotros un signo de esperanza: incluso en la prueba más profunda, la fe puede resistir.
Una Madre entregada a la humanidad
Desde lo alto de la Cruz, Jesús pronuncia estas palabras: "He ahí a tu madre". Al confiar a Juan a María, Jesús ofrece al mundo una madre espiritual. María se convierte en la Madre de la Iglesia, la Madre de cada uno de nosotros.
Adorar a María al pie de la Cruz es reconocer su solicitud maternal en nuestras vidas. Significa dejarnos conducir por Ella hacia su Hijo, tanto en los momentos de alegría como en los de angustia. María nos enseña a aceptar con confianza la voluntad de Dios, incluso cuando pasa por el dolor.
Aprende a amar como María
María, al pie de la Cruz, vive un amor puro, profundo, despojado de todo egoísmo. No trata de desviar a Jesús de su misión redentora, sino que le acompaña en el misterio de la salvación. Su amor es un amor que consiente, que ofrece, que se entrega sin restricciones.
A medida que caminamos con María, aprendemos a amar de este modo. Descubrimos que el verdadero amor no rehúye el sufrimiento, sino que lo abraza con valentía, confiado en la promesa de una vida más fuerte que la muerte.
Encontrar apoyo en María en nuestras cruces cotidianas
En nuestras propias pruebas, María está a nuestro lado. Ella conoce el dolor de la separación, la incomprensión y la pérdida. Sabe lo que significa poner en las manos de Dios lo que más queremos.
Rezar con María al pie de la Cruz no es quedarse solo en nuestras pruebas. Significa acoger su ternura de madre, su oración poderosa, su acompañamiento fiel. Ella nos conduce siempre a Jesús, a la luz que brota incluso en el corazón de la noche.
La Cruz, paso hacia la Resurrección
Con María, comprendemos que la Cruz no es el final definitivo, sino el paso obligado hacia la vida nueva. Ella permanece de pie, no por resignación, sino por esperanza. Ella sabe que Dios cumple sus promesas, incluso a través del dolor.
En su compañía, aprendemos a mantenernos firmes, a creer que la aurora de la Resurrección surge tras la noche de la Cruz. María es para nosotros la estrella de la mañana que anuncia la victoria de Cristo.
Santa María, Madre de Dios,
Al pie de la Cruz, compartiste plenamente el sufrimiento de tu Hijo amado. Tú que permaneciste fiel en la prueba, enséñanos a permanecer junto a Jesús en nuestros propios caminos de cruz.
Intercede por nosotros cuando el dolor nos abrume, cuando el desaliento nos aceche. Ayúdanos a mantener la mirada fija en Cristo, fuente de nuestra esperanza.
Sostennos con tu oración maternal, y llévanos cada vez más cerca del corazón traspasado de Jesús. Que aprendamos de tu ejemplo a amar sin medida, a ofrecer nuestra vida por la salvación del mundo.
Amén.