Entender el misterio del sufrimiento
El sufrimiento forma parte de la condición humana. Ya sea físico, moral o espiritual, se introduce en nuestras vidas a veces con una brutalidad desarmante. Frente a él, buscamos instintivamente huir, comprender, encontrar un sentido.
El sufrimiento.
La fe cristiana no niega la realidad del sufrimiento. Al contrario, nos invita a iluminarlo a la luz de la Cruz de Cristo. Mirando a Jesús crucificado, descubrimos que nuestros sufrimientos pueden ser vividos no como absurdos sin fin, sino como caminos de profunda unión con Él.
Cristo solidario con nuestros dolores
En la Cruz, Jesús llevó en sí mismo todos los sufrimientos del mundo. Cargó sobre sus hombros no sólo el peso de nuestros pecados, sino también nuestros dolores más íntimos. Experimentó la soledad, la traición, el abandono, el dolor físico y la angustia.
Esto significa que, cuando sufrimos, nunca estamos solos. Cristo crucificado está presente en nuestras cruces personales. Él comparte nuestras lágrimas, escucha nuestras quejas, acoge nuestros silencios cargados de dolor. En Él, nuestros sufrimientos encuentran un compañero fiel y un Salvador compasivo.
La ofrenda que transforma
Ofrecer nuestros sufrimientos con Cristo no es buscar el dolor por sí mismo. Es elegir vivirlos en el amor, ponerlos en las manos de Dios, para que Él los transforme en fuente de vida.
Cuando unimos nuestros dolores a los sufrimientos de Cristo, adquieren un nuevo valor. Se convierten en participación en su obra de redención, en un medio misterioso de colaborar en la salvación del mundo. Es una ofrenda silenciosa, oculta a los ojos de los hombres, pero preciosa a los ojos de Dios.
Una oración viva en la prueba
Ofrecer nuestros sufrimientos es también hacer de nuestro dolor una oración viva. Aunque nos falten las palabras, aunque el cansancio o la pena nos aplasten, nuestro simple "sí" ofrecido con fe se convierte en una oración profunda.
Este "sí", repetido día tras día, abre nuestro corazón a la gracia. Nos transforma por dentro, nos hace más atentos al sufrimiento de los demás y más receptivos al consuelo que Dios quiere darnos.
Encontrar la paz en el corazón del sufrimiento
La experiencia cristiana enseña que, incluso en el dolor, es posible encontrar la paz interior. Esta paz no proviene de la ausencia de sufrimiento, sino de la certeza de que nuestra vida está en manos de un Dios que nos ama y camina con nosotros.
Al ofrecer nuestro sufrimiento con Cristo crucificado, descubrimos una fuerza insospechada. Aprendemos a vivir en la esperanza, a creer que la Cruz no es la última palabra, sino que abre a la resurrección y a la vida nueva.
Señor Jesús,
Tú que llevaste la Cruz por amor a nosotros, enséñanos a unirnos a ti en nuestros propios sufrimientos. Danos la fuerza de ofrecerte nuestros dolores, nuestras heridas, nuestras pruebas cotidianas.
Acógelos en tu corazón traspasado, purifícalos con tu amor, transfórmalos en ofrenda para la vida del mundo. Concédenos la gracia de no rehuir la cruz, sino de abrazarla con fe, sabiendo que siempre estás a nuestro lado.
Señor, que nuestros sufrimientos ofrecidos contigo se conviertan en fuente de paz, esperanza y redención. Guíanos a través de la noche de la prueba hacia la luz de tu resurrección.
Amén.