Cuando ya no hay nada que hacer
Hay momentos en la vida en los que ya no hay solución que buscar, ni palabra que decir, ni explicación que dar. Momentos en los que nos enfrentamos al sufrimiento, a lo incomprensible, a la pérdida. El Viernes Santo, el Evangelio nos sitúa en esta realidad desnuda: un hombre, crucificado. Un silencio denso. Discípulos dispersos. Y, sin embargo, al pie de la cruz, permanecen unas pocas personas. No hacen nada. No dicen nada. Permanecen.
Entre ellos, María, la madre. Juan, el discípulo amado. Unas pocas mujeres fieles. Su actitud no grita, no brilla, no busca comprender. Simplemente dice: estamos aquí. Presentes. Juntos. Hasta el final.
La fe que no huye
Permanecer al pie de la cruz no es un gesto heroico. No es una demostración de fuerza. Es una fidelidad silenciosa. Una fe que permanece en pie cuando todo lo demás se derrumba. Una confianza que no comprende, pero que decide no huir.
Marie no dice nada. Jean no discute. Ninguno de los dos busca intervenir, impedir, huir de la escena. Se quedan. Su simple presencia se convierte en oración. Su mirada se convierte en ofrenda. Su silencio se convierte en un acto de fe.
A veces, en nuestras vidas, estamos llamados a ese tipo de fe. La que no resuelve nada. La que no cambia nada. Pero que permanece. Que no da la espalda. Que aguanta, incluso en la oscuridad.
Quedarse ahí, con Él
Jesús, desde lo alto de la cruz, ve a los que se quedan. Ve a su madre. Ve al discípulo. Y en ese momento de agonía, los confía el uno al otro. Hace de ellos una familia. No es un consuelo fácil. Es un vínculo profundo, nacido en lo más hondo del dolor compartido.
Permanecer al pie de la cruz significa decirle a Jesús: Estoy aquí. No lo entiendo todo, pero estoy ahí. No puedo cambiar lo que sucede, pero te observo. No huyo de tu sufrimiento. Me aferro a él, suavemente, humildemente, con mi corazón.
Este gesto se convierte entonces en una respuesta de amor. Una presencia reconfortante. Una forma de decir: no estás solo.
Aprende a no huir del dolor
Nuestro mundo se mueve deprisa. Huye del sufrimiento. Busca explicarlo todo, eludirlo todo, curarlo todo inmediatamente. Pero hay dolor que no se puede resolver. Hay pérdidas que no se pueden llenar. Hay cruces que no se pueden quitar.
En esos momentos, sólo queda una cosa por hacer: quedarse. Aguantar. Quedarse ahí. No por resignación, sino por amor. Estar ahí por la otra persona. Estar ahí por Dios. Estar ahí para nosotros mismos, sin intentar comprender.
Este silencio no está vacío. Está lleno de verdadera compasión. Lleno de amor profundo. Lleno de esperanza escondida.
Una escuela de fidelidad
Permanecer al pie de la cruz es una escuela interior. Es un lugar de abnegación. Nos enseña que la fe no es sólo alegría y luz. Es también fidelidad en la noche. Es también presencia en el dolor.
No es una fe espectacular. No es una fe ruidosa. Es una fe que sabe que Dios está ahí, incluso cuando todo parece perdido. Una fe que opta por quedarse, sencillamente, porque ama.
Y tal vez ése sea el mayor acto de fe: permanecer allí cuando todo en nosotros quisiera marcharse.
Conclusión
Permanecer al pie de la cruz es una actitud del corazón. No está reservada a la Semana Santa. Es una postura para toda la vida. En nuestras pruebas. En las pruebas de los demás. En los silencios de Dios. Siempre habrá cruces en nuestro camino. Y siempre nos será posible huir de ellas... o simplemente quedarnos allí.
No es en los grandes discursos donde el amor se muestra más verdadero. Es en la fidelidad silenciosa. En la presencia discreta. En esa frase que no dices, pero que te susurra el corazón: Estoy aquí. Contigo. Hasta el final.