Desde hace casi dos siglos, la Virgen Milagrosa sigue iluminando el mundo con su amor maternal. Apareciéndose a santa Catalina Labouré en la capilla de la rue du Bac de París, María prometió conceder abundantes gracias a quienes llevaran su medalla con confianza. Invita a cada uno de nosotros a acudir a Ella en momentos de duda, miedo o sufrimiento, para obtener fuerza, consuelo y esperanza.
OH Virgen María, Madre de Dios y Madre de los hombres, tú a quien invocamos bajo el nombre de Virgen Milagrosa, vengo a ti con el corazón lleno de amor, pero también de fragilidad y de esperanza. Tú conoces mis luchas, mis miedos, mis heridas, y me miras con la ternura de una madre que nunca abandona a su hijo. Extiende sobre mí tu manto de luz, protégeme del mal y condúceme a tu Hijo Jesús, fuente de toda misericordia.
Santa Virgen, que prometiste gracias a quien te reza con confianza, te abro toda mi alma. Mira mis intenciones, mis deseos más profundos, mis necesidades materiales y espirituales. Te confío todo lo que no puedo expresar, todo lo que guardo en el fondo de mi corazón. Intercede por mí ante el Señor, para que me conceda la gracia que más necesito en este momento.
OH María, refugio de los pecadores, ayúdame a avanzar por el camino de la fe, aun cuando el camino sea oscuro. Dame la fuerza para amar cuando estoy herido, para perdonar cuando he sido ofendido y para mantener la paz en mi corazón a pesar de las tormentas. Que tu medalla, signo de esperanza y amor, me recuerde cada día que nunca estoy solo, porque tú caminas a mi lado.
Virgen Milagrosa, sana lo que está roto en mí, purifica mis pensamientos, fortalece mi fe. Hazme crecer en la confianza absoluta en la Divina Providencia. Enséñame a decir sí, como tú, a las llamadas de Dios, incluso cuando trastornan mis planes. Haz de mi vida un testimonio de amor, humildad y fe.
O María, Madre amantísima, me consagro a ti hoy y siempre. Recibe mi oración, escucha mis lágrimas, escucha mis silencios. Y cuando me falten las fuerzas, sostenme con tu presencia y condúceme a tu Hijo amado. Contigo, que un día contemple la luz eterna de Dios y cante sus alabanzas por los siglos de los siglos.
Amén.